Amigo & Mata: Punta Capitanes
Texto: Chris Amigo, fundador de Rueda Al Sur
Fotografías: Mata Dibujos
¿Cuál es la idea de hacer siempre lo mismo? ¿Cuál será el motivo de querer tomar tu bici y salir a recorrer rutas nuevas? Simple: porque es entretenido y aún podemos.
Tenemos sólo una vida y la vivimos hasta que estemos muertos.
De esta premisa nace la idea de recorrer y descubrir nuestro territorio lo que más podamos, hasta que las piernas aguanten. Con la única finalidad de demostrar que se puede, que aún quedan caminos por recorrer, personas por conocer, risas que reír y sobretodo aprender de nuestro territorio, que es la única forma de que prevalezca en el tiempo su cuidado y respeto.
En esta oportunidad la ruta fue el camino a Punta Capitanes. Es una bahía al norte de Llico y al sur de Caleta Cóndor: un sector al que sólo se llega a caballo, caminando o con 8 horas de navegación desde Maullín. Es un lugar donde sólo viven 14 familias que viven de la pesca y la madera, un lugar remoto, de difícil acceso. Un día apareció en el Google Maps de la nada y me llamó la atención: se veía prometedor y en mi mente sólo pasaba una pregunta: ¿se podrá llegar en bicicleta? Hay que averiguarlo. De aquí nace esta historia.
El tiempo se hace
Somos Chris y Mata, dos personas que forjaron su amistad en torno a una bicicleta, que tratamos de juntarnos para pedalear seguido, y casi nunca se logra. Muchos peros: tenemos familia, hijos, dormimos poco, ambos con trabajos independientes, pero dependientes de nosotros.
Tiempo tenemos poco, pero creemos que cuando se hace lo que te mueve y te hace vibrar, no hay excusas: el tiempo se hace de alguna forma; los permisos y “matripuntos” también.
Barajando tiempos y climas, logramos dar con una fecha para desconectarnos de nuestras realidades, aunque sea por dos días. Juntamos nuestro equipo, y sin pensarlo mucho, nos desconectamos. Si bien existe la ruta trackeada para senderismo, existe muy poca información sobre el sendero en sí: si existe agua, refugio, peligros… Eso es lo que nos cautivó a elegir esta ruta.
Comenzamos un sábado bien temprano. A las 6 de la mañana ya estábamos en la comuna de Fresia, rumbo al sector Valle de Esperanza. La ruta ya estaba marcada, pero era un track viejo, por lo que nos costó mucho dar con el inicio de la ruta. Hablamos con don Quinto, en cuya casa parte el sendero (según el track) y él nos pudo guiar. Nos dijo que dicho camino no existe, que teníamos de devolvernos. Cruzamos el río Esperanza varias veces, hasta encontrar el camino correcto: un camino forestal, que parecía un laberinto.
La semana anterior había caído un diluvio, así que el camino era barro y piedras; de “gravel perfecto” nada. Ni la camioneta podía subir, asi que la escondimos en el bosque y decidimos partir la travesía con nuestras piernas.
Sabíamos que el inicio del sendero iba a ser rudo. Había que escalar la Cordillera de la Costa. El primer murallón: 900 metros de altura en menos de 2 kilómetros, una pendiente de las que incluso da miedo bajar. Como partimos por otra ruta, intentamos conectarla con la “original”. Nos metimos en posibles senderos que no nos llevaban a ninguna parte, sólo a barriales, nalcas y una mojada de aquellas (gratuita además). Perdimos 1 hora buscando “el camino correcto”, así que optamos por seguir subiendo por el único camino que se veía que seguía subiendo, con más fé que fuerzas.
Ya casi llegando a los 900 metros, el ciclocomputador acusó que habíamos conectado con la ruta original. Pero en la realidad no existía ninguna conexión: en el supuesto sendero, sólo había vegetación impenetrable. No le prestamos mucha atención y entre risas seguimos subiendo.
Llegamos al primer indicio de vida humana: una casa destruida por el tiempo, montada al borde del cerro, con una vista hermosa al Valle de Esperanza. Por primera vez nos dimos cuenta de lo alto que estábamos. Descansamos, nos secamos un poco y seguimos creyendo que ya habíamos llegado a la cumbre. Mentira: seguimos subiendo.
Pero ya la pendiente se hacía más amigable y comenzamos a adentrarnos en bosque nativo. Empezaron los repechos y tras varias horas empujando, ¡por fin pudimos montarnos en la bicicleta!
Llegamos a la cima, donde encontramos una casa en buen estado. Llamamos a la puerta y no apareció nadie. Queríamos aprender del lugar y saber si íbamos rumbo al mar. Entonces decidimos elevar el dron para tener otra perspectiva de la ruta, pero para nuestra sorpresa, estábamos inmersos en un mar de alerces y la única muestra de civilización era la casa abandonada. Alegres, vimos el camino que prometía bastante.
Spoiler y consejo de ruta: desde arriba no se distingue un plano de un repecho.
La lluvia iba y venía, pero el frío se quedaba. Alcanzamos a pedalear 3 minutos, hasta que nos encontramos de frente con lo que sería la tónica de la aventura: barriales. Si bien era plano, la lluvia de los días previos llenó los caminos de pozas. Ello formó un barro tipo greda, muy difícil de distinguir si estaba duro o blando. Seguimos avanzando por las lomas de la Cordillera, pedaleando y caminando, un mix de todo el camino. Muchas veces debimos acortar camino por el bosque cargando la bici, para evitar mojarnos hasta la rodilla. Nos mirábamos y nos reíamos. Amigo, a esto vinimos.
Si bien el camino es complejo, el entorno es mágico. De vez en cuando nos quedamos atónitos viendo los árboles, escuchando pajaritos y tratando de adivinar cuáles eran. Todo sudor vale la pena al pasar junto a un Alerce milenario, que de seguro no debe ver mucha gente pasar por ahí y menos dos giles cargando su bicicleta. En los repechos apreciábamos las lomas verdes: sentíamos estar navegando un mar de árboles: no había civilización cerca. Era hermoso, como una película de ciencia ficción, incluso jurásica.
Refugio, fuego y el susurro del mar
En el camino se pueden encontrar tres refugios creados por la gente que trabaja la leña. El último se encuentra justo después de que el camino tiene un cambio drástico: de pasar a estar en un bosque frondoso, pasas a un llano abierto en la cima del cerro, como un paisaje patagónico; árboles torcidos por el viento, vegetación baja y una especie de llanura, pero que en realidad eran raíces con agua y barro.
Decidimos descansar en este refugio improvisado, recostarnos un rato y cerrar los ojos. El silencio era impagable; sólo se escuchaba una pequeña brisa. Apenas 15 minutos de este trance profundo fueron suficientes para recargarnos y seguir.
Según nuestros cálculos, sólo habíamos recorrido 10 de un total de 24 kilómetros para llegar al mar. Hay que ponerle bueno para lograrlo.
Esta cuasi-patagonia, nos dejó pedalear un rato sin bajarnos (y sin miedo a caer), hasta que encontramos un mirador hermoso. Nos detuvimos y observamos que dentro de todo el verde se veían unos árboles de un color rojizo. Pensamos: “bueno el otoño ya comenzó, allá descansamos”.
Seguimos la ruta que sube y baja, que entra y sale de bosques, absorbidos por el verde y las aves. Y sin darnos cuenta, el terreno vuelve a cambiar; esta vez estaba fuera de toda lógica: el piso negro, hojas rojas y un olor diferente. No era el otoño, eran las cicatrices del fuego, de un incendio forestal reciente.
Nos invadió una sensación extraña: rabia, pena, pero también curiosidad. ¿Qué pasó ahí? ¿Habrá sido intencional? ¿Fue un rayo? ¿Habrá sido “limpieza”? ¿Por qué aquí? Avanzamos con la duda, árboles carbonizados y huellas de maquinaria pesada. Cuando llegamos al final del camino encontramos una bifurcación. A la izquierda, la supuesta ruta al mar y a la derecha, una casita a lo lejos.
Seguimos hacia el mar, pero sólo dimos vueltas buscando la salida o alguna huella. Dejamos las bicis y seguimos a pie, que era más rápido; el camino no lo hacía fácil. Entre incendios y cortafuegos, no pudimos dar con el sendero. Y por más que buscamos alternativas, eran riesgosas y no valía la pena seguir.
¿Y ahora qué hacemos? Habíamos fallado en nuestro objetivo principal: llegar al mar.
Eran las seis de la tarde, quedaban pocas horas de luz y al menos 15 kilómetros de camino incierto, no podíamos arriesgarnos a que nos pille la noche desprevenidos. Decidimos ir a la casa que vimos, con la esperanza de que alguien esté ahí y nos contara qué pasó en este lugar.
De lejos se veía grande, pero resultó ser otro refugio leñero. Estaba abierto, con cosas dentro: ropa, colchones y comida. Esperamos un rato para entrar; hacía frío, pero no queríamos ser impertinentes. Gritamos y no llegó nadie. Acechaba la lluvia inminente y nos metimos. Una vez dentro, pensamos ‘¿Será muy malo hacer fuego? Si soy leñador y al regreso hay dos personas esperándome con fuego listo, no me enojaría, cierto?’
A las 20 horas constatamos que no llegó nadie y nos apoderamos del lugar: al rato estábamos secando toda nuestra ropa, preparando comida, descansando y riendo. Y es que no existe mayor premio que una comida caliente después de una jornada de aventura y lluvia. Un cafecito en compañía de otra persona que siente lo mismo que tú.
Somos personas fáciles de complacer: irse lejos, a lo desconocido, es una excelente manera de renovarse y volver con más energía al hogar. Uno no viaja para irse, uno viaja para volver.
Entonces, patitas al fuego y a esperar que se haga de noche para dormir. La noche transcurrió de forma muy placentera, al ritmo del océano a lo lejos, que nos susurraba al oído ‘hueones pencas, no llegaron, quedará pendiente conocerme’.
Un mantra
En la mañana decidimos quedarnos un rato más en el refugio. Afuera llovía a cántaros y el sonido del agua en las planchas era como un mantra; no sé qué tendrá que relaja y dan ganas de quedarse ahí durante horas. Logramos salir del refugio pasadas las 7 de la mañana y bien abrigados: cafecito, limpieza del refugio, dejar todo como estaba y comenzar el regreso. Don Víctor, le dejamos un regalito en la botella con los utensilios.
De regreso, ya sabíamos que venía la misma ruta a la inversa: bajadas atómicas. El llano que habíamos visitado, esta vez nos ofreció panorámicas que antes no disfrutamos por ir cansados. El Valle de Esperanza es una maravilla y la Cordillera de la Costa, que debería llamarse Jungla Alercina o Cordillera del Alerce, es un espectáculo el día que vayas.
¿Y la gente? De regreso tampoco había humanos. Sólo animales y sobre todo aves: fuimos testigos de una orquesta de Carpinteros que nos siguió gran parte del camino.
La vuelta fue increíblemente corta, pero nada de fácil: tres horas de bajada continua, pero desafiante, con agua, canales, barro y piedras grandes que nos deslizaban peligrosamente. A las dos de la tarde ya estábamos en la camioneta, con los brazos tiritando, los dedos agarrotados por los frenos y unas tres caídas en el cuerpo.
Punta Capitanes quedará pendiente. Quizás dos días es muy poco para hacerlo en bicicleta, o tal vez debe ser mixta: bici y caminata. Son cosas que iremos aprendiendo en nuestras futuras expediciones, como ser flexibles en la avanzada.
En esta oportunidad no logramos el objetivo, pero aprendimos bastante. Sufrimos subiendo, pero fueron dos días de desconexión en un mundo donde no para el tiempo. Dos padres pudieron desconectarse por dos días, lo suficiente para volver con más energía a nuestros hogares. Fue un regalo.
Punta Capitanes, muchas gracias, volveremos sin duda.
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