De Arica a Puerto Montt: 22 días de viaje en solitario

Entrevista realizada el 1 de diciembre de 2023 en Puerto Varas.

Por: Ariela Muñoz Soto, equipo Rueda Al Sur.


Esta es (una parte de) la historia de una mujer que a los 22 años decidió comprarse una bicicleta -sin saber andar- y ese mismo año llegó pedaleando de Santiago al Santuario de Lo Vásquez. Actualmente, Mónica González tiene 34 años y reside en Santiago de Chile, pero estuvo 22 días viviendo en la ruta.


A diferencia de muchos ciclistas, Mona no aprendió a andar en bicicleta cuando era niña con esa bicicleta prestada del hermano, ni tampoco estaba su mamá o su papá tras ella gritándole que ya logró sacar las rueditas chicas. Mona escapa de todo cliché.


Todo comenzó con una vida nómade. Por el trabajo de sus padres, vivió en diferentes ciudades desde niña. ¡Claro que no había espacio para bicicletas con tanta mudanza! Pero un cruce con una ciclista feliz en Santiago marcó su destino: “Empecé a notar a los ciclistas. Yo también quiero estar así”, se dijo. Y pese a nunca haber pedaleado, rompió el chanchito, partió al barrio San Diego y compró una bici de paseo para ir a la universidad.


Aprendió sola a pedalear en la explanada del Parque O’Higgins. Nadie le enseñó. Su trayecto habitual a los estudios duraba sólo minutos, pero Mona pasaba horas arriba de la bicicleta antes de volver a la casa. Se le hacía de noche sólo rodando por la ciudad y pronto comenzó a buscar nuevos horizontes. “El cuerpo me lo pedía”, argumenta.


“Fue una muy bonita decisión. Descubrí una nueva independencia, por así decirlo. Era yo la que me llevaba a diferentes lugares y más rápido, sin tanta gente alrededor. Influyó mucho ese primer encuentro con la ciclista feliz”, recuerda Mona.


Así pasaron algunos meses y consiguió prestada una MTB -algo pesada pero con cambios- que le permitió ir en grupo hasta Pichidangui, hasta que un 8 de diciembre, apenas con lo puesto, mil pesos en el bolsillo y sin saber muy bien a dónde iba, unirse a un grupo que iba en bicicleta hasta el Santuario de Lo Vásquez. Todo el mismo año que aprendió a usar la bicicleta.


“No usaba casco y tampoco sabía usar bien los cambios, así que la primera cuesta la subí caminando”, recordó en medio de risas. “Cuando empezó el frío y no tenía con qué abrigarme, empecé a preocuparme, pero me las arreglé como pude y seguí pedaleando hacia Lo Vásquez. No sabía qué estaba haciendo. Aprendí a la mala”. Ese día se dio cuenta de que era capaz de llegar de una ciudad a otra de forma autosuficiente y entonces no hubo vuelta atrás: llevaba el ultraciclismo en las venas.



Perdida en Francia


“Siempre estuve ligada al atletismo y al alto rendimiento, pero me aburrí de competir. Descubrí que en la bicicleta podía hacer deporte y disfrutarlo más, vivir el momento sin preocuparme del resultado”, explica.


Y así, entre una bicicleta prestada y otra por trueque, el 2019 comenzó con las Brevet, pero al estilo Mona: no pudo ir a la de 200 km, así que se inscribió en una de 400 km. Llegó fuera de tiempo, pero la completó. “Mi celular no tenía batería, entonces no marqué todos los puntos de control, tampoco sabía comer para una actividad así, ni dormir las siestas cortas que hacen normalmente. Tampoco uso calas o acolchado. Compré algunas cosas antes y llegué con las puras ganas”, comenta. “Los otros ciclistas me miraban como una loca perdida… Y bueno, perdida llegué hasta Francia”, se ríe.


Así llegó a la Brevet de París-Brest-París a probar piernas, hasta que estando lejos, se sintió lejana y llamada por el desierto. Y hoy nos encontramos conversando en Puerto Varas tras hacer un viaje desde Arica, en el extremo norte del país, recorriendo más de 3 mil kilómetros a pura energía humana.



“Tienes que tener miedo”


“Siempre éramos las mismas cinco o seis mujeres que íbamos a las Brevet”, comenta. Explica con algo de congoja que “el mundo está constantemente recordando que soy vulnerable, como diciéndome ‘eres mujer, tienes que tener miedo’, pero no lo entiendo así”.


Por otro lado, Mona no participa de ninguna agrupación. Le gusta ser independiente, llevar su propia bandera. “Me pasa que cuando estoy en grupos, me siento absorbida, no puedo ser auténtica. No me gusta pedir permiso. Yo hago las cosas no más”.


“Mis papás nunca me apoyaron en lo deportivo”, relata. “Preferían verme haciendo otras cosas, pero me recalcaban que no era lo mío”, continúa. “Cuando fui a Francia les cambió un poco el switch, pero para mí fue algo decepcionante, porque hago lo mismo acá en Chile. Ya pasé esa barrera de contar con su aprobación. Si quiero hacer algo, lo hago igual”.


De ese pensamiento fugaz que surgió en Francia, Mona se entusiasmó a preparar el viaje por el desierto, pero en Santiago se dio cuenta que necesitaba más, y siguió al sur. “Al principio me daba miedo el desierto, ir sola a un lugar que no conocía. Luego compré los pasajes a Arica y ya no había vuelta”, cuenta.



El paso por el desierto


“Aterricé en Arica, saqué mi bicicleta del aeropuerto y pensé ‘¿Y ahora qué? ¿Dónde duermo? ¿Por dónde parto?’ Me fui a la vida”, recuerda. “Todas las cosas que he hecho son un poco así, como si una parte de mí supiera que lo voy a lograr, que todo va a salir bien”, relata.


“Que pase lo que tenga que pasar”, es su lema. Mantenerse abierta a que le pasen cosas buenas y -pese al miedo- a que le pasen cosas malas, explica. “Es la paga”, sentencia.


No obstante, cercano al río Cachapoal, nunca pensó que iba a encontrarse con los “caminantes”. Mona inocentemente pensaba que eran peregrinos o comunidades indígenas, pero la verdad es que los caminantes eran “prófugos, narcos, delincuentes que se meten ahí porque no hay señal”. “Los vi a los ojos. Nunca había pedaleado tan rápido y sin mirar atrás”, recuerda.


En el desierto hay lugares inhóspitos para la vida humana y Mona pudo vivirlo en carne propia. “De Arica a Iquique sufrí mucho. ‘No voy a poder salir de acá’, pensaba”, mientras, calculaba salir de ahí a fin de año, con esa sensación que hasta hoy le da escalofríos. “Aquí me puedo morir”, era su pensamiento intrusivo más frecuente, como cuando se quedó sin comida y agua en una cuesta que la encontró de noche. La noche más larga que recuerda, donde se mojaba los labios con toallas húmedas para no perder hidratación.


“Una vez en la cima apagué las luces. Era un punto en la inmensidad”, reflexiona. Cuenta emocionada que abrazó fuerte a la primera persona que vio. “La señora me invitó a pasar para lavarme y yo no lo podía creer. Allí bajé mis expectativas. Me sentía tan pequeña”. Y agrega: “una parte de mí quedó en el desierto”.



“Relevo del amor”


Cuando llegó a Iquique, un amigo la contactó con una agrupación de mujeres que la recibieron en una cadena de relevos para acompañarla durante todo su trayecto por el norte. “El relevo del amor”, le pusieron. Le dieron ánimos para seguir pedaleando y se contactaron para que siempre la recibiera alguien en el próximo lugar hasta Copiapó. “No te vamos a dejar sola”, le recalcaron.


“Me esperaban con ducha, cama, comida, conversaciones. Me llenaban de cariño. Eso me impulsó a terminar el desafío que al principio yo pensaba hacer sola”. Las chicas no sólo la ayudaron a trazar una ruta segura y realista, sino que además entendían sus miedos, alegrías y sus emociones más profundas. “Estoy sufriendo ¿y qué tiene que esté sufriendo? Tengo miedo y lo voy a hacer con miedo. Lo estoy haciendo por todas”, y confiesa que tiene ganas de volver y no perder contacto con esa red de apoyo.


"No lo había pensado antes, pero es una forma de activismo", recalca. "La gente no me creía que venía pedaleando desde Arica y que mi destino era Puerto Montt, pero sobretodo no me creían que andaba sola". Afirma que en los libros de historia siempre hay hombres logrando hazañas, pero "las niñas del mañana ya no van a encontrar raro que las mujeres hagamos cosas increíbles".



El tiempo del sur


“Yo tengo algo pendiente en el desierto. Aún me cuesta superar eso. Pero al llegar a La Araucanía me volví a deslumbrar con otra belleza. ‘Llegué al sur’, me decía a mí misma. Y en Puerto Montt miraba el mar y podía ver ese infinito que también me llamaba en el norte”, relata.


“De repente el reloj volvió a aparecer en mí. Tal vez me apuré mucho y dejé atrás lugares que merecían más tiempo”. Cuando faltaban 400 kilómetros para llegar a Puerto Montt se dio cuenta que aún tenía días a su favor, de su objetivo principal de 30. Aprendió a pedalear a los 22 años y recorrió casi todo Chile en 22 días.


Mona reflexiona sobre sus sensaciones antes y después del viaje: “Antes pensaba en el desierto y me daba miedo. Hoy me da paz, me contiene. Soy tan pequeña pero fui parte de eso. Está bien que haya algo más grande que nosotros”.


Finalmente, con miles de kilómetros, sentimientos, experiencias renovadoras y paisajes en su interior, un consejo que Mónica elige dar a otros cicloviajeros es “confía en tu cuerpo, con calma y siente el impulso. El miedo es una alarma, pero no una barrera”, concluye.