Prejuicios de viaje

Escrito por Christian Amigo.

30 Enero de 2016, en Guacima, Costa Rica.


Soy un tipo que viene de una familia de clase media. Lo tuve todo en mi infancia, nunca me faltó nada. Fui al colegio y después a la universidad, saqué mi cartón, cumplí con lo que me pide la sociedad.... Y ahora estoy en Costa Rica. Después de nueve meses viajando en bicicleta,  estoy sentado en una mesa haciendo pulseras de macramé, con mi camisa regalada y mis chalas rotas. Estoy feliz, riendo y pensando: qué bien que no hice caso a lo que todos dicen.


Seis años de estudio y dos carreras, para terminar haciendo pulseras para seguir pedaleando y seguir siendo feliz. ¿Nadie se lo espera cierto? A la gente le choca esto, otros me dicen que estoy loco, que soy un inadaptado, y el resto me apoya. Yo sonrío, por que estoy feliz. 



Vengo de una familia promedio, viví en varios lugares de pequeño, nunca estuve más de cuatro años en una misma ciudad y por eso creo que no le temo al cambio repentino.  Este estilo de vida lo aprendí de chico, y lo que uno siempre teme al cambiarse de un lugar a otro, son por los putos prejuicios.


Alguien te puede decir “yo no soy prejuicioso”… ¡Mentira! Todos lo somos; sólo variamos en los niveles. Yo me consideraba una persona no prejuiciosa: me encanta conocer gente, historias nuevas; por eso quise mandar todo a la cresta e irme a viajar, pero me di cuenta que estaba equivocado.


Comencé a bajar desde Vancouver (Canadá) por la ruta del pacífico en Estados Unidos, conociendo lugares y personas todos los días, ya que es uno de los recorridos más transitados por cicloturistas en USA. Cada día encontraba ciclistas con quienes compartir unos kilómetros o una cena, y todos me preguntaban lo mismo: “¿Y a dónde vas?


- 'Voy a la Patagonia, a mi hogar', respondía con una sonrisa en la cara.  

- ¡Wuau! Qué buena, ¿y vas a cruzar México?

- Por supuesto, como que está entremedio ¿no?


La cara de la gente siempre se llenaba de expresiones variadas: asombro, disgusto, “orgullo gringo”, y todos decían más menos lo mismo: “¿Estás loco? Te van a robar apenas cruces la frontera” o “Tijuana es una mierda, no vayas, yo he estado allá, no vale la pena cruzar por tierra”. Y lo decían ciclistas “verdes y conscientes”, no me quiero imaginar lo que dirá el resto del país.


En mi experiencia, cuando escuches el comentario “yo he estado allá, no vale la pena”, por favor (pero enserio) no hagas casoEs el peor error que se puede cometer cuando se viaja. Toda la belleza de un lugar es subjetiva a los ojos de cada uno.


Crea tu propia opinión sobre el lugar o personas. Que otro crea que es el peor lugar del mundo, puede que para ti sea el mejor de todos. Todo es variable, dependiendo de la disposición con la que vayas. Escucha, respeta su opinión y después genera una propia.


... Porque ese error lo cometí yo.


A medida que iba bajando hacia México, más y más comentarios de este tipo iban apareciendo, incluso de gente chicana. En sus palabras, México era un infierno, un lugar donde sólo vive gente mala que te quiere robar o secuestrar. Sonaba de lo peor; y yo me lo creía cada vez más, hasta que llegó el día de cruzar la frontera.


Era un 5 de julio. La noche anterior habíamos sido campeones de América en fútbol, por lo que comprenderán que mi caña al otro día no era de las mejores. Casi no cruzo, pero había acordado juntarme con Sandra, una mexicana que va y viene desde Tijuana a San Diego en bici, y se ofreció a ayudarme a cruzar. Así que me levanté, pesqué la bici y me fui al centro cívico de San Diego. Iba bordeando una linda costanera, pensando ¿y si me quiere secuestrar después que cruce? Suena exagerado, pero soy de un país donde los secuestros no están a la orden del día. Pero ya hace tiempo que había dejado Chile y andaba solo, adportas de entrar a este “infierno”.


Me convencía de que sólo eran prejuicios, pero no se iban; muy al contrario: a medida que me iba acercando, iban creciendo y metiendo más mierda en mi cabeza. Me prometí, al primer indicio de algo raro, salir corriendo, pero necesitaba a Sandra para cruzar: era mucho más fácil con ella. Me aferré a la esperanza de que la gente no es mala y confié, pero con una mano siempre en el manubrio, no vaya a ser cosa que tenga que salir corriendo. 


Me encuentro con Sandra, una mujer cerca de los 40 años, de baja estatura y con una sonrisa de lado a lado. Me saluda muy cariñosamente, conversamos un rato y nos pusimos en marcha hacia México. Ya estábamos a unos 30 kilómetros. En todo el camino fuimos conversando, yo siempre preguntando harto, en caso de que tenga que buscarla con la policía después (ese nivel de paranoia). Me invitó unas aguas frescas a mitad de camino, pedaleamos como una hora y algo más. 


Sandra era una gran tipa, pero todo podía ser una pantalla. Llegamos a la frontera, hicimos el papeleo, y cuando aún estaba en Aduanas, sentía que algo andaba mal. Seguimos caminando, empecé a escuchar gente gritando en la calle, taxistas con sus bocinas, olor a comida, hoyos y papeles en las calles, perros comiendo de la basura… ¡Hey! Esto me parece familiar: ¡es igual a Chile! Me di cuenta que el único que estaba mal, era yo.


Me sentí mal apenas crucé la frontera, apenado conmigo mismo, mis prejuicios adquiridos por gente que no tiene idea de dónde uno viene o lo que ha visto, gente que cree todo lo que sale en la televisión. Me cegaron y no me dejaron disfrutar ese día de pedaleo.


Al cruzar, fuimos con Sandra a comer unos tacos, mis primeros en México. ¡No saben cuánto los disfruté! Sabían totalmente distinto a lo que me imaginaba, no tenían sabor a desconfianza ni miedo… Sabían como tenían que saber: a pura vida. Nunca le comenté esto a Sandra, por vergüenza la verdad.


Estuve más de cinco meses recorriendo México, y nunca me pasó nada; muy por el contrario, puras alegrías. Nunca vi armas, drogas duras, o incluso gente peleando en la calle. Los mexicanos son personas amables y extremadamente hospitalarias. Amé México y algún día volveré, lo prometo. 


Desde ese momento aprendí a vivir mi día como yo creía que sería mejor. La gente te va a defraudar muchas veces: te pueden robar, mentir, engañar, pero todo es parte de la experiencia. Prefiero aprender por bruto, a volver a desconfiar en la gente y creer en juicios emitidos por otros.


Es gracioso e irónico, pero incluso dentro de México, unos decían 'ten cuidado más al sur, en tal estado están los narcos y ladrones'. Llegaba al estado, ya no con tanto prejuicios, sino más bien con cuidado, y nada: era lo mismo que en el norte. Y cuando llegué al sur de México, 'que tenga cuidado con los guatemaltecos', y así, hasta que llegué a Costa Rica, donde le echan la culpa a los nicaragüenses y cubanos… Nadie tiene la culpa, sólo nuestros prejuicios.


De todo esto puedo decir: sal a conocer, sal a reír, a conversar, a comer, sal a vivir, y te darás cuenta tú mismo que el mundo no es tan malo como te lo cuentan. Respeta los juicios de otros, que no te afecte la negatividad de éstos, que no se conviertan en los tuyos. Total al final del día, vives en un mundo creado por ti. Tú decides tu estilo de vida. Y puedo decir además que los prejuicios, de tener todo dentro de un estereotipo, de encasillar, o creer lo primero que te dicen. Es algo que sólo se mejora a través de los viajes.