Desafío Reloncaví: el arte de viajar en grupo

Por: Cristóbal Ibarra, miembro de Colectivo Muévete en Santiago de Chile.


70 personas, 70 bicicletas; cuatro días recorriendo las comunas de Puerto Montt, Hualaihué y Calbuco. El Desafío Reloncaví es un evento que organiza anualmente el Movimiento Lluviosos Ciclistas, perteneciente a la capital de Los Lagos, promoviendo a través del pedaleo los valores naturales, sociales y culturales que hay en las comunas ribereñas al Seno de Reloncaví. En esta tercera edición, la ruta logra ser una introducción ideal para quien quiera iniciarse en el cicloturismo en la entrada a la Patagonia, en tanto podrá probar sus propias capacidades y equipamientos con distintos tipos de suelos y pendientes, en los cerca de 250 kilómetros de recorrido. Y, por otro lado, resulta en una experiencia de paseo grupal única y no necesariamente competitiva, que permite compartir con ciclistas locales y de diversos lugares del país, visitando una serie de hitos del patrimonio. 


Esta crónica es un relato en primera persona sobre lo acontecido en esos cuatros días de viaje colectivo.


DÍA 1: Desde Puerto Montt a Contao

Este día fue para conocerme: asiento nuevo, bolsos nuevos y la primera vez que le exijo a mi bicicleta clásica más de un día de viaje y en modalidad bikepacking (entendido como usar la estructura de la bici para transportar bolsos sin parrillas adicionales y con un máximo de capacidad ajustado), más yo mismo, que estoy bien entrenado y mentalmente calmo; todo nuevo. 


Desde los primeros kilómetros saliendo de la Municipalidad de Puerto Montt hacia la Carretera Austral, comienzo a sentir los ribetes de ese progresivo ajuste corporal y mental: se me duermen las manos y los pies, molesta el asiento, debato conmigo cuándo debería comer la barrita de proteínas, además de que me cuesta conocer cuál es el ritmo de respiración adecuado al esfuerzo o cómo recurrir a la fuerza y la inercia en cada subida y bajada.



Quedan cerca de 35 kilómetros asfaltados y con escasa berma por delante, con cuestas y bajadas, como la de Pelluco, Quillaipe o cuando después del poblado de Lenca el camino se vuelve una suave subida constante, siempre con la vista del mar a la derecha y los verdes cerros a la izquierda.

El tramo de Puerto Montt al embarcadero de Caleta la Arena se hace pesado con el calor mañanero que llega de frente. Las detenciones son generosas en tiempo de descanso y frecuencia, lo que permite recomponerme, practicar y conocer mejor cómo va funcionando mi cuerpo con esta exigencia física nueva. 


De inmediato percibo que algunos pedaleros más avezados no les gusta detenerse tantas veces ni ir tan lento, pero ese juego a la paciencia es una de las gracias de viajar en grupo junto a ciclistas diversos y en un contexto no competitivo. Cuando llego a subirme al ferry en Caleta La Arena, comer una empanada de jaiba y tomar un café, siento que este viaje parece más un paseo y no sólo deporte. Es un paseo grupal que nos exige estar en sintonía con los ritmos del resto y con la gente que vamos conociendo en la ruta. 


En el camino tras desembarcar en Caleta Puelche y llegar al sector de Mañihueico, pasamos a visitar a Don Jaime Gallardo y su museo, donde mantiene el saber familiar de la carpintería de ribera, contándonos su proceso de construcción y navegación de las tradicionales lanchas veleras chilotas. Por este saber y arte, Don Jaime fue declarado Tesoro Humano Vivo de Chile el año 2011, que, más allá de la valoración oficial, vale mucho más por el relato de esta técnica artesanal de movilidad de otras épocas, cuando la conectividad era aún más austera que lo que es hoy en día. Es realmente estimulante reflexionar sobre problemáticas de accesibilidad y movilidad en lugares aislados de Chile, cuando justamente hemos llegado a estos lugares en un modo tan simple como la bicicleta. Quizás a futuro haya algunas otras alternativas locales al automóvil que explorar para mejorar la conectividad con este territorio.


El día finalizó al llegar a Contao; pueblo que surgió por la industria de la tala de alerces en la cordillera, llevando a esta especie hasta casi su extinción, de no ser que ahora está prohibida toda extracción. Aquí pasaríamos nuestra primera noche en el gimnasio de la escuela local, no sin antes ser recibidos atentamente por la Oficina de Turismo de la comuna de Hualaihué, que nos tenía una feria de productos locales -donde probé por primera vez una Mella (preparación de papa, azúcar y harina en hoja de Pangue)- y una presentación de la pareja de vicecampeones nacionales de cueca -categoría infantil-, para luego llevarnos a conocer la playa local. Luego de comer unos fideos en un restaurante y conocer un poco a algunos de mis compañeros y compañeras de ruta, vuelvo a darme una ducha en la escuela y a anotar unos cuantos triples en el aro de basquetbol del gimnasio antes de dormir. Siguen tres días de pedaleo por delante.


DÍA 2: Desde Contao a Queullín

El pedaleo más agradable que hice en todo este paseo fue recorrer los 20 km de Contao a Tentelhué durante la fresca mañana. Para quien haga la Carretera Austral en bici, recomiendo totalmente desviarse por este camino asfaltado, plano y que pasa por bellas localidades costeras, en vez de subir por la cuesta que lleva a Hornopirén, pues este camino de todas formas vuelve a reconectar con la Carretera Austral más adelante antes de llegar a la mencionada localidad. En Caleta Tentelhué, frente al límite sur del Seno de Reloncaví, subimos las 70 bicicletas al ferry que nos llevó a la isla más próxima: Queullín. 


Sin duda, una de las postales de este viaje fue el ver toda la cubierta de la embarcación llena de coloridas bicicletas y sus bolsos. Los ciclistas nos repartimos en cada uno de los espacios del ferry para disfrutar de la vista y el viento suave en la navegación.


Al desembarcar retomamos el pedaleo por los caminos de ripio de la isla, cuyas cuestas fueron las más empinadas y complicadas de todo el viaje. Había que pasar las cuestas, al menos caminando; la mayoría sólo tratamos, otros se devolvían hasta que lograron subirlas de una tirada, sin perder el equilibrio. Al llegar al campamento nos recibió la señora Marcia con un curanto. Primera vez en la vida que veo cómo se hace un curanto, y a la vez, ¡no puedo creer que llegué en bicicleta a esta lejana isla del archipiélago de Calbuco a presenciarlo! Luego de bañarme en la playa frente al campamento, jugar dominó y unas partidas de UNO, nos sentamos a disfrutar del abundante curanto. Poco antes de terminar mi plato, se largó a llover; no hace frío y no duró mucho la lluvia, pero igual me fui a refugiar un rato en la carpa. 


Ya cuando la tarde estaba bajando, la mayoría fuimos en bicicleta a un paseo al otro extremo de la isla, a través de enormes cuestas de ripio suelto, para llegar al faro de Queullín. Un hito lejano de este viaje, que había que coronar con la espera de la puesta de sol. A la vuelta al campamento, algunos siguieron a una cicletada nocturna al lado sur de la isla, mientras yo preferí seguir aferrado a mi taza de té. Este día fue memorable, parece como si hubiera pasado una semana mirando la cantidad de actividades distintas que hicimos. Tanta intensidad en una sola isla me lleva prontamente a descansar al saco.


DÍA 3: De Isla Queullín a Isla Puluqui

El desafío real fue este día; quizás el "desafío a la paciencia", francamente.


Durante el desayuno se dio una conversación muy interesante con Marcia, nuestra anfitriona. Nos contó que, para abastecerse cotidianamente, debe organizar sus compras de dos semanas tomando un ferry -desde el embarcadero de la Isla Queullín- que sale todos los días a las 7:10 de la mañana en dirección a Calbuco, en una navegación que dura 2 horas y media aproximadamente. Una vez en Calbuco, debe hacer todas las compras que necesite, habitualmente con la ayuda de un integrante de su familia, para luego volver a embarcarse de vuelta a las 15:00 de la tarde y llegar a Queullín a las 17:30 horas. Estas dificultades en la accesibilidad a servicios desde la Isla Queullín, que es parte de la comuna de Calbuco, se podría atenuar si se estableciera el servicio regular de ferry a la cercana Caleta Tentelhué, desde donde llegamos a la isla luego de alrededor de 20 minutos de navegación en un ferry especialmente dispuesto por la organización del Desafío Reloncaví, lo que facilitaría la conexión habitual con la comuna de Hualaihué y sus centros urbanos cercanos como Hornopirén o Contao.


Luego de despedirnos y agradecer cariñosamente a nuestros anfitriones, comenzamos a subir las bicicletas a la embarcación que nos llevará a nuestro siguiente destino. 


La navegación desde el embarcadero de la Isla Queullín hasta la isla Puluqui fue bastante larga: más de dos horas de viaje tranquilo que, luego de dos días pedaleando y escuchando "en 5 nos vamos", se siente extraño.


Aproveché de conocer un poco más a mis compañeros y compañeras de viaje: deportistas, paseantes, activistas, de 12, de 65 años, del archipiélago de Chiloé o de Calbuco, de La Serena, Valparaíso, Concepción, Puerto Montt, Santiago o de Valencia, España; no viene al caso clasificarlos, cada cual trae una trayectoria muy particular que nos trajo a este lugar y a este momento, y es un agrado encontrarnos y compartirlo brevemente.


Al llegar a Puluqui los planes comienzan a cambiar. Nuestra anfitriona no nos pudo recibir como hubiese querido, por muy entendibles razones, ya que familiares de ella habían sido gravemente afectados por el gran incendio en los cerros de Quilpué y Viña del Mar. Si bien estamos disfrutando del viaje, desde el primer minuto sabíamos de la tragedia que estaba enlutando al país y nos rodeaba en nuestras conversaciones. Más de cerca lo sentí, pues yo crecí en un barrio de Quilpué, muy cercano las poblaciones arrasadas por las llamas. De todas formas, la anfitriona nos ofreció una cancha del club deportivo local para que podamos armar el campamento. Aceptamos la propuesta, pero antes nos fuimos a almorzar a la Cervecería del Náufrago, quienes hacen cerveza artesanal en una casa a unos cuantos kilómetros pedaleando desde el embarcadero. Los caminos son de ripio, con subidas y bajadas constantes, y nos espera un largo trayecto pedaleando por casi toda la isla, que es la más grande del archipiélago de Calbuco. En el camino pasamos a refrescarnos en una playa realmente exquisita. 


La mejor sensación es llevar todo en mi bici y estar siempre listo para un chapuzón; es como viajar en una liviana casa rodante.


Luego de pasar todo el resto de la tarde remontando la crudeza de los caminos que atraviesan Puluqui en dirección a nuestro lugar de acampada, algunos pedaleros comenzaron a expresar la fatiga y malestar de llegar de noche a un lugar sin agua ni buenas condiciones para un descanso reponedor. Yo estoy tranquilo, son rudas las condiciones, sí, pero entiendo que es parte de la experiencia el tener días en que algunas decisiones que tomamos no resultan como hubiésemos querido y hay que acompañarnos, compartir y disfrutar lo poco que se pueda.



DÍA 4: Desde Calbuco a Puerto Montt

Sin desayuno, levanté mi carpa rápidamente para recorrer el tramo de ripio que atraviesa la isla Puluqui, llegando antes de las 8 de la mañana al embarcadero. Un cafecito en la cafetería del ferry y una barrita de proteínas me despiertan un poco antes de desembarcar en Calbuco. De aquí en adelante son cuestas y bajadas pavimentadas por los cerros que bordean los fiordos, a lo largo de un camino asfaltado y con una amplia berma.


Tomamos un desvío para acercarnos un poco más hacia la costa por un camino que próximamente van a pavimentar, lo que nos permite contemplar un poco más el paisaje contrastado del Seno de Reloncaví y la cordillera de los Andes de fondo. Más adelante, y bajo la sombra de un bosque frondoso, nos desviamos por un estrecho camino de ripio y mucha calamina que nos lleva al borde del agua. Si bien al principio de este viaje me sentía incómodo con mi bici, ahora en cambio me siento totalmente integrado a ella, manejándola con destreza cuando el terreno lo requiere, con carga y todo. Definitivamente siento que podría estar más días paseando de esta forma.


Nuestra última detención importante antes de llegar a Puerto Montt fue en el Quincho de Don Antonio, en el sector de Huito, donde nos recibieron con un almuerzo y se dio lugar a la firma de nuevos socios y socias en la organización de los Lluviosos Ciclistas, motivados por la gran experiencia que les significó este viaje. Este lugar fue reponedor, no tanto por el almuerzo, sino más por el paisaje, la sombra de los árboles y las casi tres horas que nos permitimos detenernos.


La vuelta a la carretera fue el último desafío importante, por lo estrecho y suelto del camino, así que luego de esperar al último pedalero que venía subiendo, retomamos la velocidad por carretera con una amplia berma y sin grandes pendientes. Antes de bajar a la zona del puerto en el canal Tenglo, nos advierten que la última bajada es la más peligrosa del viaje, por los camiones que pasan y el aceite de pescado que cae de ellos sobre el camino, así que ocupamos la calzada completa por seguridad.


Finalmente, llegamos a la costanera de Puerto Montt y volvemos a nuestro punto de partida frente a la Municipalidad, luego de 250 kilómetros en torno al Seno de Reloncaví. Más que distancia, vale mucho más por lo humano; por la cultura patagona que la bici nos mostró y por los ciclistas con que hicimos el recorrido, poniéndonos en común este hermoso territorio. 


Mis agradecimientos y admiración al Movimiento Lluviosos Ciclistas, que con mucho empuje han puesto como bandera de lucha el lograr una ciudad más justa, que valora y pueda desarrollar el cicloturismo como puerta de entrada al patrimonio local de esta parte de la Patagonia. Agradecido también del Cuerpo de Bomberos y de la Oficina de Turismo de Hualaihué, que nos acompañaron en el viaje a través de su comuna, y espero que para una próxima ocasión las Municipalidades de Puerto Montt y Calbuco sepan valorar más seriamente el potencial turístico que tiene esta actividad, de tal manera de que más personas puedan disfrutar de esta aventura. 


Creo firmemente que todas las personas deberíamos vivir esta experiencia en algún momento de nuestras vidas: el paseo liviano y colectivo por nuestro país; y el Desafío Reloncaví es el evento ideal para poder acercarnos a ello.


¿Te gustaría ver la ruta en Strava? Aquí te dejamos el registro que gentilmente nos facilitó Martín González: